Para responder a esta sencilla pregunta, vayamos directamente a la fuente. Acabemos con esto de una vez. Dejemos esto muy claro, para que no haya ninguna ambigüedad. Preguntemos a quienes llevan las riendas y son expertos en la materia.
Durante mucho tiempo, la profesión médica definió la salud como «la ausencia de enfermedad». Más recientemente, se han dado cuenta de que esa definición ya no es adecuada, no porque hayan dejado de creer en ella, sino porque ya no abarca sus actividades. Hoy en día, lo que más promueven es la prevención de enfermedades, algo que se ha convertido en una enorme fuente de ingresos para la industria médica. Sin embargo, el tratamiento preventivo no sería necesario si se basaran en la definición de ausencia de enfermedad. En ese caso, estarían, en efecto, tratando a personas sanas y cobrándoles por ello. La Organización Mundial de la Salud (OMS), (sorprendentemente, la salud debe organizarse a nivel mundial) ofrece actualmente la siguiente definición: La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. Según esta definición, ¿puede alguien estar realmente seguro de que goza de buena salud? Resulta que nadie, ni siquiera la OMS, define el «bienestar». Y, sin embargo, alguien debe utilizar algún tipo de definición para este término, ya que se define a las personas como enfermas, lo que significa que ya no se encuentran en un estado de bienestar total. Así que la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién define el «bienestar»? Quizás tú quieras hacerlo. Quizás quieras consultar a un médico porque no te sientes bien, definiéndote así a ti mismo como alguien que no se encuentra bien. Has decidido que no estás bien. Efectivamente, pero eso aún no te convierte en enfermo. El médico tiene que examinarte, hacerte algunas pruebas, hacer lo que considere necesario antes de pronunciarse sobre tu bienestar o tu falta de bienestar. El médico decide si estás enfermo o no. Tú no. ¡No tienes la cualificación necesaria para hacer esa definición! La profesión médica es la única que tiene el derecho legal de declarar a una persona enferma o sana. ¡El derecho legal!
En una sociedad libre, una persona no tiene derecho a decidir por sí misma si está sana o no. Y, sin embargo, ¿qué se entiende tradicionalmente por el término «sano»? Desde que hay seres humanos en la Tierra, ha existido la percepción de que hay una diferencia entre una persona sana y una que no lo está.
Si nos remitimos a los textos ayurvédicos, encontramos la siguiente descripción —no una definición— de la salud. Ellos definen a una persona sana como aquella cuyos doshas (fuerzas biopsíquicas) se encuentran en estables, cuyo fuego digestivo (Agni) está en un estado equilibrado (denominado sama), y cuyos tejidos corporales (dhatus) y productos de desecho (mala) también se encuentran en equilibrio. La cita también afirma que la mente (mana), los órganos de los sentidos (indriyas) y el alma de la persona (atma) deben encontrarse también en un estado agradable (prasanna). Cuando una persona está equilibrada en todas esas áreas, se la considera sana según los estándares ayurvédicos. Aquí destacan tres palabras clave: estabilidad, equilibrio, y un estado agradable.
El concepto de salud de la medicina tradicional china incluye una visión holística de la unión entre el ser humano y el universo, la unidad armoniosa entre la forma y el alma, una perspectiva de los valores centrada en las personas y el equilibrio entre el qi, la sangre, el yin y el yang en el cuerpo humano. Esto también lo convierte en una armonía entre un individuo y su entorno. Aquí tampoco existe el concepto de un conjunto de reglas «generales» que garanticen un estado de salud. Ambas descripciones tradicionales del estado de salud se refieren a un equilibrio dentro de un individuo, dentro de una sola persona. Tampoco establecen ningún conjunto de normas de conducta, hábitos alimenticios o cualquier otra cosa aplicable a toda la población, dando a entender que tales normas garantizarían el equilibrio y la salud a todas las personas.
Para saber si algo está en equilibrio o no, hay que saber a qué tipo de equilibrio nos referimos. ¿Se trata del equilibrio entre la media de una población y el individuo? ¿Se trata del equilibrio entre un estándar establecido artificialmente y el individuo? ¿Se trata del equilibrio entre lo que se ha decidido que es lo correcto y el individuo? Dado que todos somos individuos únicos, cada uno de nosotros tiene una combinación diferente de las mismas fuerzas, de los mismos tejidos, de los mismos productos mentales. Lo crucial aquí es el hecho de que todos estamos hechos de la misma materia, pero todos somos diferentes. No existe un equilibrio «grupal» que te proporcione un dispositivo de control del equilibrio que se adapte a todos y cada uno de los individuos. Ningún análisis de sangre ni imagen te dirá cuál debería ser ese equilibrio individual, incluso si crees saber cómo debería ser el nivel «correcto» o la imagen «correcta». Seguirá siendo una elección que tú has hecho, a la que exiges que todos se adhieran. «La media» no es el punto de equilibrio del individuo.
La salud se describe como un equilibrio, y cada equilibrio es una cuestión individual que cambia a lo largo de la vida en función de las circunstancias. Por lo tanto, el equilibrio de una persona no sólo es específico de ella, sino que también va variando a lo largo de su vida. Esto significa que no sólo la comparación con una media o con cualquier norma establecida para todos no es un indicador de la salud individual, sino que mantener esa norma constante a lo largo de la vida también es un error. Ambas son pautas a las que la profesión médica se adhiere de forma rígida.
La salud es una cuestión individual y, de hecho, sólo puede ser determinada por la propia persona. Es la persona quien percibe las señales de que algo ya no está «bien», de que se ha salido de lo normal, de lo habitual. Es la persona quien, mediante la observación personal de esas señales cambiantes, puede ampliar su conocimiento sobre las fuerzas que las impulsan. Al darse cuenta de cómo cambian las cosas, de cómo y cuándo difieren las señales del cuerpo y la mente, la persona es capaz de determinar las interacciones que alteran el equilibrio en su vida. Es la persona quien, mediante una cuidadosa interpretación de las señales, puede llegar a saber qué es exactamente lo que crea el desequilibrio. Esa información le proporciona las ideas necesarias sobre lo que hay que hacer para corregir la situación. Por lo tanto, sólo la persona en cuestión puede corregir el desequilibrio y, de hecho, llevar a cabo la curación. A pesar de que el médico es la autoridad que determina legalmente si estás o no enfermo, eres tú, y sólo tú, quien tiene la capacidad natural para comprender tu propio desequilibrio. Esto va de la mano del poder y de las decisiones necesarias para solucionar el problema.
Ceder ese poder a una autoridad externa, como el colectivo médico, nos expone a todo tipo de «injusticias». Cuando esa autoridad decide rebajar sus propios criterios para medir la enfermedad, de repente hay muchas más personas a las que se les diagnostica que están enfermas, en lugar de sanas. Al rebajar el nivel «normal» de presión arterial, de repente hay muchos más pacientes cardíacos. Al rebajar el nivel predeterminado de azúcar en sangre normal, de repente hay muchos más pacientes diabéticos. Al optar por calificar de cáncer alteraciones leves y temporales en la forma de las células, de repente hay muchos más pacientes con cáncer. Una autoridad externa que tiene el poder de decidir quién está enfermo y quién no, al tiempo que es la autoridad que impulsa la industria de la enfermedad, le está dando a esa industria carta blanca para crear tantos enfermos como quiera. Éste es otro ejemplo de lo que puede salir terriblemente mal cuando no hay separación de poderes, cuando los poderes de diagnóstico y de tratamiento están todos en las mismas manos.
Ahora bien, se podría argumentar que la solución consiste simplemente en separarlas. Crear centros de diagnóstico y permitir que otros terapeutas se encarguen de los tratamientos. Lamentablemente, eso no va a funcionar. ¿Cómo lo sé? Porque ese sistema ya se está utilizando. ¿Por quién? ¡Por la profesión médica! En el sistema de atención médica de primera línea (las consultas de medicina general), se ha incorporado a fisioterapeutas, acupuntores, osteópatas, masajistas, dietistas y muchos otros profesionales. Trabajan codo con codo con los médicos en la misma consulta. ¿Cómo trabajan? Bueno, el médico establece el diagnóstico, -¡recordemos que es el único que puede hacerlo!-, y luego le indica al terapeuta qué tratamiento aplicar, cómo hacerlo y durante cuánto tiempo. El poder permanece firmemente en manos del diagnosticador y los demás son simples cómplices involuntarios en esta configuración aparentemente más integral, —yo no diría: holística—. Es una extensión del sistema que constituye la columna vertebral de la medicina moderna. El servicio especializado proporcionará un diagnóstico preciso e indicará a los médicos cómo y cuándo tratar.
Tengo una propuesta diferente que hacerte con respecto al futuro del sistema sanitario. El único poder de diagnóstico recae en manos de la persona, que es quien decide qué le pasa. Obviamente, hacer un buen diagnóstico, -saber qué te pasa-, requiere mucha observación y recopilar información de tu propio organismo. Pero una vez que sabes cuál es el desequilibrio en tu vida y por qué se ha producido, puedes decidir qué tipo de ayuda necesitas. Así pues, la persona, si así lo decide, le dice a un terapeuta concreto, -ya sea médico, osteópata, masajista o cualquier otro-, qué es exactamente lo que necesita que ese terapeuta haga. El terapeuta se convierte en el manitas contratado para realizar un trabajo muy específico. La persona al mando es quien lo contrata, y al terapeuta se le juzgará por el resultado que consiga, por lo bien que haga su trabajo.
Pero hay otro aspecto de la enfermedad que merece ser destacado. En las filosofías y los sistemas de salud tradicionales existe claridad sobre el orden natural en que las fuerzas contribuyen a los desequilibrios. Sin lugar a dudas, todos ellos consideran que la mente gobierna el cuerpo. Todos ven lo inmaterial como superior, es decir, con mayor influencia, respecto a lo material. La mente regula el cuerpo y es responsable de su salud; en otras palabras, de su equilibrio. Se afirma que la causa de la mala salud física es una mente desequilibrada y perturbada, y que cada señal física de mal funcionamiento es el resultado de una perturbación de la mente. Así pues, estas antiguas tradiciones enseñan el equilibrio de la mente y sus terapias más poderosas son ejercicios mentales que el individuo debe practicar. La mayoría de las veces, utilizan prácticas físicas para ayudar a centrar la mente del individuo en realizar cambios específicos en su vida. Hacer las cosas de forma diferente a como se hacían antes es una herramienta fundamental en el camino de vuelta a la salud.
Nuestro sistema médico moderno y sofisticado no sólo comete un error fundamental al obligar a cada persona a ajustarse a una norma de salud elegida artificialmente, anteponiendo el grupo al individuo, sino que además ha optado por centrarse en el cuerpo, en los intercambios materiales, en lugar de hacerlo en la mente. Incluso cuando reconocen que una dolencia muy concreta está causada por el estado mental del individuo, el enfoque terapéutico principal es químico, físico. Así pues, si la salud de una persona es el equilibrio que el individuo logra mantener para sí mismo por sí mismo, y si el verdadero instrumento mediante el cual esto puede lograrse es la mente del individuo, ¿cuál sería entonces el valor de un sistema sanitario que se esfuerza por hacer que cada individuo se adhiera a los mismos estándares preestablecidos y que ignora que el cuerpo es sólo una expresión del equilibrio que esa persona mantiene en su mente?
Intentemos, sólo por un momento, liberarnos de nuestras ideas preconcebidas sobre quién sabe y quién no sabe de salud. La profesión médica se centra en la enfermedad, la analiza, la disecciona y la divide en millones de fragmentos, excepciones y casos especiales. El conocimiento humano tradicional nos dice que la enfermedad, cualquier enfermedad, es simplemente una falta de equilibrio y que la fisiología básica que subyace a estos procesos es siempre la misma. Este conocimiento también incluye el reconocimiento del poder de la mente sobre el cuerpo. El gobernante y el ejecutor. Si algo no sale según lo previsto en la ejecución, ve a quejarte al gobernante, al jefe. Si notas un desequilibrio, si te estás poniendo enfermo, ten en cuenta que se debe a una presión en algún aspecto de tu estado mental, el tipo de presión con la que a tu organismo le cuesta lidiar. Examina tu vida. Observa tus señales, tanto mentales como físicas. Encuentra la presión que te saca de tu equilibrio natural. ¡Ahora ya tienes un diagnóstico!
¿Quieres un tratamiento? Reduce la presión. ¡La vida es sencilla! Básicamente, todo se reducirá a encontrar una forma de dejar de sentirte agobiado por la situación o a encontrar una forma de cambiar el entorno que te provoca esa presión. ¿A qué médico tienes que acudir para esto? Precisamente, a un médico llamado el «yo».
Cuando te preocupa tu salud, debes entrenarte, a través de la observación, en el arte de escuchar tu propia mente y tu propio cuerpo. Cierra la puerta a los canales de información externos y siéntate en silencio, en paz contigo mismo. Una vez que hayas establecido el contacto de esa manera, practica la primera regla de la comunicación adecuada: aquieta tu mente y escucha. No permitas que tu mente divague. No permitas que tu mente juzgue.
Simplemente escucha la voz interior.
Y una vez que hayas escuchado, quédate quieto y sigue escuchando.
Cada vez que escuchas, aprendes más sobre quién eres y qué debes hacer en tu vida para estar en equilibrio y gozar de buena salud.
Entonces no necesitarás a ningún supuesto experto en cuyas manos poner tu vida. Juntas las manos y das las gracias por la vida con la que has sido bendecido.
Noviembre 2020

